Santo Rosario

La Presentación

Cuarto Misterio Gozoso – La Presentación

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Meditación

Simón le dice a la joven madre que una lanza de dolor traspasará su corazón.  María no titubea.  El Sí que dió permanece puro y sin condiciones.  ¡Su Alegría todavía es completa!  No hay ningún lugar donde esta presencia no pueda ir.  No hay oscuridad o sufrimiento que no pueda penetrar.  Incluso en lo más profundo del corazón humano, incluso en ese lugar donde podríamos pensar que podemos estar solos, incluso ahí está la Presencia de quien dice “Yo Soy”.  María no empieza desde la ausencia, ella siempre empieza desde la Presencia.  Las palabras dichas por Simón están dentro del eco eterno de las palabras de Gabriel: “El Señor es Contigo”. Incluso antes de que Jesús sea capaz de pronunciar palabra, María ya disfruta de su promesa: “Yo estoy contigo siempre”.  La profesía ominosa de Simón es resistida no con voluntad, sino que con amor.  María coloca todas sus esperanzas en la presencia de Dios quien es Amor.  Al final de la Anunciación el ángel Gabriel la deja, pero Jesús, al cual María dice Sí, permanecerá para siempre.

La Presentación

La Presentación

Oración

Jesús en los brazos de María, tú observas que todas las revelaciones hechas a Moisés sean cumplidas, de manera tal que el mundo te reconozca como Salvador de Israel. Danos la gracia de consagrarnos a nosotros mismos a tu misión salvadora, y comprometernos sin ninguna reserva a la fe de alabar al único Dios verdadero.

MISTERIOS GOZOSOS
continuar Ir a Jesús Encontrado en el Templo

Lectura
Lucas 2, 22
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.
Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
“Ahora, Señor, puedes, según tu palabra,
dejar que tu siervo se vaya en paz;
porque han visto mis ojos tu salvación,
la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.












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