La Venida del Espíritu Santo

Tercer Misterio Glorioso – La Venida del Espíritu Santo

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Meditación

Nuestro Dios es un Fuego que Quema, invitándonos, inflamándonos, otorgando el rostro carismático del Espíritu sobre cada uno de los miembros de la Iglesia.  El Espíritu es la fuerza de la “ecclesia”, llamando a cada uno de nosotros a transformarnos a traves del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía a vivir unidos en la fé, esperanza y amor.  El Espíritu nos libera de nosotros mismos para entregarnos.  Compartiendo nuestro propio yo, de la misma manera que la Trinidad, en un intercambio recíproco de entregar y recibir, de una forma que nadie quede disminuido o dominado.  Nos aferramos, pero no aplastamos.  Mutuamente nos consolamos, animamos y desafiamos unos a otros para lograr una conversión más profunda:  en ningún caso sobrecargamos al otro, o lo arriesgamos, o lo subyugamos.  El Espíritu nos otorga una nueva identidad: somos hijos e hijas adoptivos de Dios en Cristo.  El Espíritu nos consagra como hermanos para actuar con amor.  El Espíritu nos da entendimiento, y nos permite enfrentar cualquier forma de tentación o pecado.  El Espíritu nos inspira a avanzar, a ser testigos de Cristo, a consagrarnos a la Voluntad de Dios Padre, y enfrentar victoriosos las distracciones que este mundo nos entrega.  El Espíritu nos enfrenta con nuestro destino, con nuestra propia personalidad y nuestra responsabilidad individual en el Plan de Dios.

La Venida del Espíritu Santo

Oración

Jesús iluminando a María, tú realizas la promesa que les hiciste a los discípulos de que el Espíritu Santo vendría en la forma de lenguas de fuego.  Ayúdanos a vivir y hacer nuestros los regalos del Espíritu Santo, para que todo deseo, pensamiento, palabra y acción en nuestras vidas sea testigo del poder de Dios vivo en el mundo.

MISTERIOS GLORIOSOS
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Lectura
Juan 14, 15-18
Si me aman, guardarán mis mandamientos; y yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce.
Pero ustedes le conocen, porque mora con ustedes y estará en ustedes.

Hechos 2, 1-13
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos con un mismo objetivo. De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; se llenaron todos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.
Residían en Jerusalén hombres piadosos, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: “¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros los oímos en nuestra propia lengua nativa: Partos, medos y clamitas; los que habitamos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene; los romanos residentes aquí, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios? Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: “¿Qué significa esto?” Otros, en cambio, decían riéndose: “¡Están llenos de vino!”.

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